Gospel Meditations
October 25, 2026
Thirtieth Sunday in Ordinary Time
Matthew 22:34-40
When I was in seventh grade, like most boys of that age, I was constantly hungry. I could eat at any hour of the day. Then I fell head over heels for a classmate named Kristin. One evening, while lying on my bed and pondering her perfections, my mom called me to dinner. For the first time in my adolescent life, I remember thinking: “I’m not hungry.” My heart longed for Kristin more than my stomach for food. Now, I wouldn’t confuse adolescent infatuation with mature love. But it was an experience of how love can reorder everything in our lives.
In today’s Gospel reading, Jesus says, “You shall love the Lord, your God, with all your heart” (Matthew 22:37). He is not issuing a burden or a moral goal for high achievers. He is naming the deepest orientation of the human heart. We were made for love so great that it gathers every other love into itself. Jesus does not ask us to love less the persons or things that attract us. Rather, he wants our love for God to be so total and intense that we love everything and everyone else because we love him so much.
Do we believe that such a love is possible for us? Because of the gifts of the Holy Spirit, it is! It is readily available to us. Let’s repent of our half-hearted love for God and ask Him to fill our hearts to the brim with divine love.©LPi
25 de octubre de 2026
XXX Domingo del Tiempo Ordinario
Mateo 22:34-40
Hoy la Palabra de Dios nos da una “recortadita” sobre la importancia de los mandamientos. Sí, esas oraciones que aprendimos de memoria cuando hicimos la primera comunión. ¿Los recuerdas? Son exactamente diez, pero Jesús dijo que el más grande es: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el gran mandamiento, el primero. Pero hay otro muy parecido: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. Toda la Ley y los Profetas se fundamentan en estos dos mandamientos” (Mateo 22:37-40). Esto quiere decir que debemos buscar a Dios en todo lo que hacemos.
El Compendio del Catecismo de la Iglesia católica, en su número 443, nos explica que: “Las palabras ‘adorarás al Señor tu Dios y a Él solo darás culto’ suponen adorar a Dios como Señor de todo cuanto existe; rendirle el culto debido individual y comunitariamente; rezarle con expresiones de alabanza, de acción de gracias y de súplica; ofrecerle sacrificios, sobre todo el espiritual de nuestra vida unido al sacrificio perfecto de Cristo; mantener las promesas y votos que se le hacen”. Amar a Dios y amar al prójimo no se pueden separar. El amor no es un simple sentimiento; es una acción al servicio, un compromiso como camino de vida. Jesús no solo hablaba de amor, sino que ponía su amor al servicio de los pobres. Su mayor acto de amor por nosotros fue morir en la cruz y resucitar para que tengamos vida en abundancia. ¡Gracias, Señor, por tu amor!
©LPi